domingo, 3 de junio de 2012

¿PETARDA O ENCANTADORA?

Entre los múltiples libros de autoayuda que pueblan los estantes de librerías y grandes almacenes supongo que hay más de uno dedicado a intentar conseguir caer bien a todo el mundo, algo así como Sea encantador en diez pasos o El arte de gustar a todos. Desde pequeños nos dicen que hay que hacer lo posible por agradar a los demás, ser el más simpático, el más elegido en el patio o como delegado de la clase, el más dispuesto para hacer recados, el mejor hijo (implica no causar disgustos a los padres, por supuesto)... Yo crecí con esa idea marcada a fuego, pero no es el momento de profundizar en ello.  Dicen que en el caso de gemelos o mellizos uno siempre es mayor que el otro, se hace un hueco en el vientre materno a costa de su hermano, vamos, que se ve venir a Caín haciendo la puñeta al pobre Abel desde antes de nacer.
 
¿Por qué estamos programados para ser del agrado de todos cuantos nos rodean? ¿Por qué nos sentimos tan mal cuando nos ningunean o nos critican? ¿Es lícito actuar como los otros esperan de nosotros? ¿Son los demás realmente un espejo en el que debemos mirarnos o simplemente una referencia? Hace años leí Hombre mendigo, hombre ladrón, la continuación de la famosa serie (para los de cierta edad, claro está) Hombre rico, hombre pobre. En la segunda novela, el hijo del malogrado Tom Jordache, muerto a manos del malvado Falconetti, decide conocer más sobre su padre a través de las personas que lo trataron. Cada una le aporta una visión diferente. Para unos fue un héroe, para otros un insensato, marido desastroso, encantador, valiente, inconsciente... Seguramente lo fue todo a la vez y nada en definitiva, como cada uno de nosotros. Todos tenemos el Ying y el Yang impreso de serie, nadie cae bien a todo el mundo, vamos, ¡ni al chocolate le faltan detractores ni desagradecidos! Somos contradictorios, cambiantes, diferentes en cada situación, humanos, en definitiva. 
 Si preguntáramos a cuantos conocemos qué piensan de nosotros, ¿qué responderían? Para empezar, ¿serían sinceros? Me temo que no. Algunas personas son crueles hasta lo indecible, otros pueden ser indulgentes, o asépticos... Ahora que hace furor la expresión políticamente correcto para encubrir no pocas mentiras e hipocresías, la sinceridad tiene mala prensa, la pobre. Hemos aprendido eufemismos incomprensibles para evitar decir la verdad pura y simple. ¿Por qué nos importa tanto la opinión de los demás? Yo tengo comprobado un hecho curioso: la mayoría de la gente que me trata una sola vez suele quedarse con una idea bastante penosa sobre mí, no sé si porque soy cortante, o demasiado directa, o simplemente antipática. En cambio, los que me conocen más a fondo suelen opinar justamente lo contrario, con las inevitables excepciones. Es imposible coincidir con todas las personas que conozco, incluso dentro de mi familia o compañeros de trabajo. Y qué decir de los padres de mis alumnos... Cada vez son más exigentes, qué os voy a contar a los colegas, menos colaboradores, se entrometen más en  asuntos que  no son de su competencia, se creen con derecho no sólo  a opinar sino a decidir sobre programaciones, evaluaciones, castigos... mientras, y esto es lo peor, cada vez cumplen menos con sus obligaciones paternas, son más dejados, más permisivos, no ponen límites a sus hijos, les conceden todos los caprichos para quitárselos de encima... Estoy generalizando, lo sé, pero es una marea no sólo imparable sino en aumento, por desgracia. Así que ante un mismo hecho (un castigo sin la mayor importancia) unos padres deciden denunciarme ante la Inspección y otros, por el contrario, me escriben una larga nota de agradecimiento por el interés que demuestro por su hijo y me piden disculpas. ¿Obré mal en uno de los casos? ¿Obré bien en los dos? ¿Por qué unos lo entienden y otros cargan con furia contra mí, que sólo intenté cumplir con mi deber? ¿Tan distinta soy según con quién trato? No lo creo. Si alguien me pide ayuda, se la doy sin pensar en la recompensa. Siempre intento dar soluciones a los padres preocupados o angustiados. Si una madre se echa a llorar trato de ayudarla a buscar una salida, otra cosa es que la acepte si ello supone un gran esfuerzo. ¿Soy yo la responsable del fracaso de algunos alumnos? Es fácil matar al mensajero, lo difícil es aceptar las propias responsabilidades. Así que para unos soy una petarda, exigente, borde, intransigente y antipática y para otros soy encantadora, cumplidora, responsable, rigurosa , amable y generosa. Si reparto caramelos o galletas doy a todos por igual, faltaría más, pero, al igual que en la parábola bíblica, unos lo agradecen y otros lo tiran al suelo. 
Si decido no acudir a un evento que no me apetece, me llaman desagradecida. Si insisto mucho para lo contrario, soy una pesada. Si colaboro en la organización de un festejo, me llaman entrometida. Si no hago nada, soy una pasota. Es como el chiste de la familia que iba con un burro: hagas lo que hagas, a unos les parecerá bien y a otros lo contrario. No se trata de ser hipócrita ni egoísta, sino de ser coherente y responsable con las propias ideas y convicciones. Alguna frase famosa creo que lo resume, pero no la recuerdo. Qué más da... El gran Serrat ya lo ha dicho alguna vez: Me preocuparía gustar a ciertas personas. Pues sí, es cierto. Mejor que algunos no estén de acuerdo conmigo: no quiero ser como ellos. 
¿Os pasa lo mismo? ¿Qué opináis?
Feliz semana a todos.

domingo, 20 de mayo de 2012

PROFESOR LAZHAR






Las aulas, la educación, la enseñanza, los niños, los conflictos escolares y cuanto se nos ocurra al respecto han sido tema recurrente en cantidad de películas, con más o menos fortuna. Quizá la más famosa, aunque no la mejor, sea El club de los poetas muertos. El club de los emperadores, Mentes peligrosas, Monna Lisa, Rebelión en las aulas, Adiós, Míster Chips, Adiós, muchachos, Los chicos del coro y muchas más se han acercado con más o menos fortuna a este mundo que contiene mucho más de lo que se ve a primera vista. Por deformación profesional, supongo, procuro verlas todas, y eso supone que unas veces me indigno, otras me emociono y siempre, siempre, siento que esta profesión es imprescindible, sea como sea su reflejo en la pantalla.
De las más recientes, son impresionantes las francesas Hoy empieza todo , Ser y tener , La clase y la alemana La ola. Unas son más documentales y otras más noveladas, pero todas son realistas y nada maniqueas ni manipuladoras. Por eso no podía perderme Profesor Lazhar, canadiense, premiada en varios festivales, alabada por la crítica y espero que sea bien recibida por el público.
Arranca con un principio impactante: en un colegio de Primaria de Montreal una maestra se ahorca en su clase justo antes de que entren sus alumnos. Nadie se lo explica, nadie pudo presagiarlo. Algunos compañeros sabían que tenía desórdenes psicológicos, pero no hasta ese punto. Resulta más incomprensible aún que decida poner fin a su vida en su clase. ¿Qué encierra esa tremenda decisión? ¿Quería vengarse de alguien? ¿Quería dar una última y desesperada llamada de atención? Casi al final de la película un alumno quizá tenga la clave y lo cuenta entre lágrimas.
La directora decide pintar el aula y darle otro aspecto, pero los niños no pueden olvidar el terrible suceso. Están conmocionados, estupefactos, dolidos. Se hace cargo de la clase un profesor argelino, el señor Lazhar. Él también ha vivido una experiencia muy dolorosa en Argelia y se ha visto obligado a buscar refugio como inmigrante perseguido en Canadá, aunque legalizar su situación no es nada fácil. Según el director, Philippe Falardeau, Canadá era una nación receptiva, amable con el extranjero, hasta el 11-S, que se cerraron las puertas. Y ahora vamos hacia atrás, con un aire retrógrado que yo no apoyo. Y ése es uno de los temas de la película, nada larga pero densa: la inmigración, el desarraigo, el miedo, la huida. No conocemos a la gente con la que convivimos: el protagonista puede ser deportado a Argelia en cualquier momento pero nadie lo sabe. Vive con miedo y con dolor. El terrorismo no conoce fronteras, ni la incomprensión, la incomunicación, la muerte: son problemas universales que nos rodean y a los que no sabemos hacer frente de manera unánime. Vivimos encerrados en nuestra burbuja por desconocimiento y temor hacia los demás. Nos da miedo tocarnos, tocarnos de manera natural, apretar el brazo del compañero, saludarnos efusivamente, quizá por influjo anglosajón, no sé. Eso se ha trasladado de una manera brutal a la escuela: no podemos tocar a los niños, qué decir de abrazarles o besarles, los hemos convertido en seres asépticos, plastificados. Un profesor dice en la película: Trabajar con niños es como tratar con material radiactivo: no los puedes tocar. Otro dice: Cuando mi hijo fue a un campamento escolar de dos semanas volvió con quemaduras de segundo grado en la espalda porque el monitor no podía aplicarle crema solar con las manos. El de EF añade: ¿Cómo puedes enseñar a un niño a saltar el potro sin tocarle? Así que les hago dar vueltas alrededor del patio como gilipollas y ellos piensan que yo también lo soy.
Un padre dice al profesor durante una tutoría: Queremos que enseñe a nuestra hija, no que la eduque.Ésa es la clave: ¿educar o simplemente enseñar? Hace años que los docentes sabemos, porque lo comprobamos a diario, que en la mochila nuestros alumnos traen de todo menos educación, esos buenos modales que antaño nos inculcaban de manera natural en casa: sabíamos saludar al entrar, llamar de usted a los mayores, portarnos correctamente en la mesa, ceder el asiento en el autobús, no gritar en público... Fuéramos buenos o malos estudiantes, la educación la llevábamos de serie. Por supuesto, el maestro era respetado y admirado: personificaba el saber (hace poco vi en televisión la española Historias de la radio, que contiene un emocionado homenaje al maestro rural), era humilde pero ocupaba un puesto de honor en la sociedad. Hoy es un mindundi, un pringao. Los conocimientos se buscan en internet, cualquiera con un cacharro electrónico de última generación puede buscar qué fue de Troya o cuál es la capital de Finlandia, así que, ¿para qué memorizar todo eso? Almacenar datos y fechas sólo sirve para ganar concursos, o ni eso. Contaba un profesor de Secundaria en un reportaje televisivo que en una entrevista con un alumno y su padre éste se dirigió al chaval diciéndole: ¿Pero tú qué quieres, ser un cualquiera y un muerto de hambre como éste (el profesor) o tener éxito en la vida? Algo similar me dijo un padre en mis primeros años de docencia refiriéndose a su hijo, poco dotado: No, si yo no quiero que sea médico ni abogado, con que sea maestro me conformo.
Me llamó la atención que los niños de la película, todos, no ríen, no corren, no juegan, ni siquiera en el patio. Son serios y tristes, fantásticos actores, eso sí, pero apagados, contenidos. En mi colegio reina la algarabía, hay incluso un alboroto excesivo, los niños están en permanente actividad, sobre todo en el recreo. Los de Profesor Lazhar están desorientados, reciben ayuda de una psicóloga pero de una manera fría. Nadie quiere hablar con ellos de la muerte, dejarles expresar lo que sienten, salvo su profesor argelino, que les dicta a Balzac y les anima a contar sus experiencias. Hay un amor latente entre él y los alumnos, algunos procedentes de la inmigración, como él: uno de origen chileno sabe qué quiere decir defenestrar porque su abuelo se tiró por una ventana al ser detenido tras el golpe de Estado. Y es que los colegios, cada día más, son un especie de ONU, mal que les pese a algunos. En mis clases hay ecuatorianos, dominicanos, turcos, marroquíes, rusos, rumanos... Lo que unos ven como amenaza no es sino una realidad imparable. Los tremendos recortes se cebarán sobre todo en ellos, como en los niños con problemas, necesitados de una atención especial. Como dice Falardeau, hay que tomar decisiones, alterar la letra, luchar por el espíritu. Me han contado los recortes en España y son idénticos a los canadienses. En mi país el gobierno ha incrementado las tasas universitarias un 75%. Estamos lastrando a las generaciones venideras, incluso hundiendo nuestra vejez. Los políticos son todos de corto recorrido, sólo piensan en el hoy. ¿Y después, qué?
Algo hemos hecho mal, muy mal, para llegar a situaciones tan sangrantes como vemos en la película. Si un profesor no puede dar un abrazo a un alumno (tampoco una colleja, por supuesto), apelando a un respeto muy mal entendido que encierra una frialdad de iceberg, una distancia más que púdica, algo falla, no tanto en el castigo como en el abrigo moral, el cariño, la cercanía, el mimo que los niños necesitan desde la cuna. La culpa es de todos: políticos, pedagogos, padres, inspectores... Los menos responsables, los maestros, desde luego, que seguimos peleando día tras día para defender nuestros ideales (qué palabra tan poco utilizada hoy). No nos dejan educar, no nos dejan aplicar medidas razonables, a veces duras, para inculcar responsabilidad y esfuerzo en nuestros alumnos, tan necesitados de atención y tan sobrados de caprichos. 
Como bien dice Lazhar, tenemos que limitarnos a enseñar el programa, no podemos salirnos de él. No estamos de acuerdo con el sistema pero es lo que hay, tenemos que acatarlo. Como él, nos sentimos encorsetados, asfixiados por unas leyes prolijas y absurdas que parecen diseñadas por alguien que no ha visto un niño de carne y hueso en su vida. Tenemos miedo (y con razón) a las críticas y denuncias de los padres, a las sanciones por hacer lo que nos dictan el sentido común y nuestra vocación. ¿Qué hacer? Apenas nada. Con un poco de suerte, conseguir que nuestras aulas sean un espacio cálido y acogedor, un lugar en el que todos nos sintamos seguros y libres. Por eso resulta tan incomprensible la decisión de la maestra. A los alumnos que yo conozco hay que frenarles, moderarles, tranquilizarles, encauzarles, dar respuesta a sus preguntas, suscitarles inquietudes que no aparecen en las pantallitas que les tienen abducidos. La mayoría están solos, muy solos, y demandan un cariño que no tienen a pesar de necesitarlo desesperadamente.
Bachir Lazhar es un hombre inteligente, culto y sensible que se acerca a sus alumnos, traumatizados por lo ocurrido  y desamparados por una maldita corrección política, con afecto y comprensión. Fuerte y digno, algo común en los inmigrantes, intenta consolarles sin paños calientes innecesarios. Son más maduros de lo que corresponde a su edad, sobre todo Alice y Simon. Necesitan ayuda para entrar con buen pie en la madurez, pero lo han hecho de golpe viendo la muerte en su propia clase. El profesor reclama respeto con firmeza, en un mundo que ya no le aprecia ni valora. Acaso los maestros ya no sepamos cuál es nuestro papel, cuáles son nuestros límites, porque, desde luego, nuestros recursos y armas son cada vez más limitados. ¿Debemos limitarnos a enseñar o debemos aspirar a educar, como dice Lazhar? En todo caso, la película es una preciosa y magnífica reflexión sobre la educación, la inmigración, la muerte, el cariño, el miedo, la comprensión... Todo eso, y más, me espera mañana, otra vez, cuando entre en clase.
Feliz semana.
 

sábado, 21 de abril de 2012

VER, OÍR, DISFRUTAR...

A veces creo que soy una espectadora fácil, que me conformo con cualquier cosa. Rara es la vez que salgo del cine insatisfecha o que el teatro me decepciona. Quizá es que voy predispuesta para disfrutar de lo que me ofrecen, aunque lo cierto es que procuro informarme para elegir algo fiable. Me considero una gran "disfrutadora", paladeo una bebida lo mismo que un humilde bocadillo, una gran película o una modesta si tiene algún significado especial para mí. Me río con la misma facilidad que me emociono o me indigno, no suelo controlar mis emociones y quizá por eso empatizo sin dificultad con quien tengo delante. Cuando voy al cine me meto en la película con el fin de cambiar mi escenario habitual por uno diferente. En la oscuridad del cine, a ser posible aislada y siempre con palomitas (mi pequeño pecado semanal) descubro historias, personajes, dramas, romances, humor, envidias, traiciones, intrigas... Cada semana selecciono una película cuyo tema me atraiga de algún modo. Me gusta leer las críticas para ir sobre aviso, aunque no todas son fiables. Por ir de lo más alejado a lo más reciente, empezaré por Grupo 7, sobre la que pensé escribir con el título ¿Poli bueno, poli malo?, pero a la española. 
                             Me gustan las historias policiacas y ésta, además, es nuestra, española cien por cien, con todos sus defectos y virtudes. Fuera tópicos: se acerca la Expo de Sevilla y hay que limpiar la ciudad de traficantes. No hay apenas límites, lo que importa es cumplir la misión. Ni una vista de la Sevilla más bonita y turística, sólo imágenes de la construcción del evento y barrios marginales, bares nada lujosos, casas de vecinos feas y humildes, rincones ruinosos... Los policías encargados de tan peculiar trabajo son tan nuestros como los actores que los encarnan. A la cabeza del reparto, un Antonio de la Torre magnífico, parco en palabras pero tremendamente expresivo, un policía curtido y descreído que ha perdido a un hermano por culpa de la droga y decide salvar a una muchacha que arrastra el mismo mal. Conoce el terreno en el que se mueve y las personas con las que trata. 
                            Mario Casas es el guapo del grupo, sacado de las series para adolescentes (yo no he visto ninguna) y aún le queda bastante por aprender, pero tiene cualidades, sin duda. Casado con una guapísima Inma Cuesta a la que podrían haber dado más enjundia y padre de un chaval, compagina mal su vida personal y profesional. Se salta los límites cuando persigue un fin que le parece loable: si hay que quedarse con droga para pagar a los chivatos, se coge y punto. Yo crecí con la imagen ideal de la policía: buenos, honestos, honrados a carta cabal, insobornables, sacrificados, heroicos, siempre al servicio del ciudadano... Pero, ay, la realidad  es muy diferente. No he tenido grandes tropiezos con ellos, pero sé de sobra que muchos se acercan más a los corruptos que intentan matar a Serpico que a los eficaces Bevilacqua y Chamorro creados por Lorenzo Silva. La trastienda de la labor policial no es limpia ni glamurosa. El delito siempre es sucio y condenable, pero, ¿están siempre en el mismo bando quienes lo cometen? ¿Es tan clara la línea definitoria entre el bien y el mal? En El Padrino, obra maestra donde las haya, Al Pacino se lo deja muy claro a su mujer, una Diane Keaton que vive creyendo que los políticos son honrados y que sólo los mafiosos asesinan a quemarropa. 
                         Grupo 7 es una gran película, en la línea de Celda 211 o No habrá paz para los malvados. Grandes actores para un gran guion, con escenas trepidantes unas (la persecución inicial por las azoteas) y asombrosas otras (el baile entre el poli entrado en años y en kilos y la prostituta de dientes mellados resulta de un erotismo inusual). No hay lirismo ni romanticismo, todo es tan realista como cualquier escena cotidiana en cualquiera de nuestras ciudades, con personas, más que personajes, con quienes nos cruzamos a diario sin reparar en ellas. Por películas como ésta doy siempre la cara por el cine español, a sabiendas de que a veces no lo merece, pero qué le vamos a hacer, una tiene su corazoncito...
                             Otro producto español son la cantidad de buenos monologuistas que llenan pantallas y teatros. Hace poco vi a Dani Delacámara, ocurrente, divertido, encantador, sacando punta a cuanto tema se le ocurriera bajo el título Dios es una mujer. La sala estaba llena y nos hizo reír sin respiro. Admiro el ingenio, sobre todo si es en directo, con el riesgo que conlleva. Todo puede tener su lado cómico y alguien inteligente sabe verlo y sacarlo a la luz bajo la aparentemente inocente capa del humor.
                               De la misma cantera es Eduardo Aldán, que nos toca la fibra más nostálgica con Espinete no existe. Los más maduros vivimos esos recuerdos de un modo algo extraño, porque no pertenecen exactamente a nuestra infancia. Cuando empezaron en la tele los payasos de la familia Aragón (Gaby, Fofó, Miliki...) yo ya estudiaba Magisterio, y sin embargo los considero parte inseparable de mis primeros recuerdos. El inefable Un, Dos, Tres nos congregaba ante el televisor cada viernes por la noche, y con la perspectiva que dan los años parece mucho mejor, más ingenioso y dinámico que los infames programas actuales, llenos de gritones zafios y maleducados. El bolígrafo Bic nos acompañó durante toda nuestra vida escolar, D'Artacan nos introdujo en el mundo de Dumas,  el Cola-Cao se disuelve tan mal como entonces (eso sí, su fantástico anuncio es inolvidable: Yo soy aquel negrito- del África tropical...), la Primera Comunión sigue siendo una celebración paródica, y, sin embargo, todo ha cambiado tanto, tanto... Muchos tenemos la impresión de que aquella infancia nuestra fue más feliz que la actual, más inocente, desde luego, con menos lujos pero más ilusión. Hoy los niños lo tienen todo apenas nacen y se inician en la adolescencia mucho antes de lo que manda su reloj biológico, se saltan a velocidad de vértigo la etapa de los juegos tradicionales (apenas los conocen, por desgracia) y adquieren rápidamente modales de series americanas. Mis alumnas de once años se pintan como una top model mucho antes de su primera regla. Nuestro reto ahora como educadores es adaptarnos a estos niños y adolescentes tan diferentes a como éramos nosotros. Ya no valen aquellos métodos en los que el maestro era el único depositario del saber, hoy hay que hacer partícipes a los alumnos de su aprendizaje o estamos perdidos. Es mucho más laborioso, sin duda, y yo reconozco mi dificultad para engancharme a este carro. Esos valores que aprendimos y defendimos durante años han cambiado, mejor dicho, hay que inculcarlos de otro modo. Por eso volvemos a nuestra infancia y adolescencia con añoranza, es un territorio seguro porque es intocable, ya no podemos cambiarlo. ¿De verdad aquella época fue mejor que la actual? ¿Qué quiere decir mejor o peor? Cantamos aquellas canciones sin necesidad de karaoke, están grabadas en nuestro disco duro a perpetuidad. Reivindico todo aquello, lo bueno y lo malo, las carencias, la tele en blanco y negro, el pan con chocolate para merendar, los recortables, las calcomanías, el maravilloso estuche de dos pisos... Forma parte de mí y eso es lo que cuenta.
Dejo para otro día hablar de El exótico hotel Marigold, una especie de Pasaje a la India amable y optimista para jubilados animosos y La pesca del salmón en Yemen, una comedia con sabor clásico, estupendo guion y grandes interpretaciones. 
Feliz semana.

lunes, 16 de abril de 2012

TODO SE EXPLICA

TODO SE EXPLICA

La esperanza -antes tan diligente-
no viene a visitarnos hace tiempo.

Últimamente estaba distraída.
Llegaba siempre tarde, y nos llamaba
con nombres de parientes ya enterrados.
Nos miraba con ojos que le transparentaban,
igual que esos espejos que pierden el azogue.
Nos tocaba con manos realmente imperceptibles,
y amanecíamos llenos de arañazos.
También daba monedas que luego no servían.

Pero ahora, ni eso.
Hace ya tanto tiempo que no viene,
que hasta llegué a pensar:
¿Se habrá muerto?

Después caí en la cuenta
de que los muertos éramos nosotros.

ÁNGEL GONZÁLEZ
 

lunes, 2 de abril de 2012

SOY PEREZOSA... ¿Y QUÉ?

Según el diccionario, la pereza es negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados. Flojedad, descuido o tardanza en las acciones o movimientos. Es, además, uno de los pecados capitales, como bien explicaron en la escalofriante Seven. ¿Por qué tiene tan mala prensa la pereza? Hace pocas semanas hablaron de ella en el programa Hablar por hablar, de mi admirada y querida Cadena SER (menos mal que aún nos quedan reductos así, qué haríamos sin ellos...) Hay tantas cosas que nos dan pereza: recoger la cocina después de comer, lavar el coche, ordenar los armarios (no digamos nada en los cambios de temporada, buf...), corregir exámenes, colocar la compra tras la visita al híper, clasificar papeles... La lista es interminable. Pero estamos de vacaciones (cortas, pero vacaciones al fin y al cabo) y tenemos todo el derecho a ser perezosos. Yo por lo menos creo que lo tengo. Por unos días me olvido del despertador, de las prisas, de los horarios... Necesito este parón, estoy agotada y muy desanimada, bajo mínimos. Ya voy recuperando algo de fuerzas, menos mal.
Sentirme perezosa no supone no hacer nada ni estar todo el día tirada en el sofá. Sé que estoy de vacaciones cuando puedo despertarme, tomar algo de zumo, volver a la cama, leer durante un rato y dormir otra vez, sin prisa. Ahora veo el sol desde la cama y es una gozada. No tengo prisa por levantarme, desayuno con calma mientras escucho la radio, leo el periódico, me aseo cuando me apetece, realizo las tareas domésticas casi con más ganas, elaboro platos diferentes (ese potaje de vigilia tan suculento, torrijas, salmorejo...) ¿Soy perezosa? No creo, si repaso todo lo que hago durante las vacaciones, con otro ritmo, eso sí. Siempre hay compras pendientes, visitas al médico, encuentros con amigos... A pesar de lo cansada que estaba, invité a mis colegas a merendar el mismo jueves tortitas con nata, muy celebradas por todos. Me gusta reunir a las personas con las que estoy a gusto, aunque conlleva un trabajo nada despreciable. Al fin y al cabo, para qué queremos si no esas preciosas vajillas tan cuidadosamente guardadas, las primorosas mantelerías, las cristalerías de frágil apariencia, los juegos de café casi intactos... 
Pues sí, me siento perezosa. ¿Y qué? Convertir las vacaciones en una maratón nunca ha sido mi objetivo. No necesito presumir ante nadie ni batir ningún récord. Admiro a la gente que derrocha vitalidad, yo soy más vaga, mas tranquila.Nunca iré al Everest ni a la Patagonia, pero volveré a Madrid cuantas veces pueda. Hay muchos museos que visitar, obras de teatro interesantes, películas atractivas... 
Ahora la cartelera no atraviesa su mejor época, pero últimamente he visto dos pelis recomendables: Los idus de marzo e Intocable. La primera cuenta con la presencia delante y detrás de la cámara de mi querido George Clooney, por dios, qué hombre tan completo, es que lo tiene todo...  ¿Llegará a superar a Clint Eastwood? Es posible. De momento, tras Los Descendientes, donde aparecía más fondón, más canoso, más cansado y ojeroso, aquí vuelve a ejercer de guapo oficial, el candidato ideal al que muchos votaríamos. Pero la realidad es muy diferente y ... No puedo contar más. No es un tema nuevo, pero está bien contado y mejor interpretado. Ryan Gosling, Philip Seymour Hoffman y Paul Giamatti están geniales, bordan sus papeles respectivos. Inexplicablemente, se olvidaron de todos ellos en los Óscar, pero el público y la crítica les han dado su respaldo. 
Intocable es la película del año en Francia, según dicen. Basada en un hecho real, cuenta la inusual relación entre un aristócrata millonario parapléjico y un negro expresidiario, procedente de un barrio marginal, lleno de vitalidad y buen humor. Ya desde la primera escena ves la declaración de intenciones. Con cierto recuerdo a Aroma de mujer, entre otras, la película es divertida, tierna, optimista. Nada que ver, por supuesto, con Mar Adentro. Son dos formas diametralmente opuestas de vivir una misma situación. Agradecí las risas, la sensibilidad, las ocurrencias. ¿Por qué no ha de ser posible una historia así? Seguro que hay más ocultas o desconocidas. Tiene una banda sonora fantástica, de las que te hacen bailar en la butaca. Salí del cine contenta, relajada, feliz. Es, sin duda, una estupenda opción para estos días de asueto bajo los negros nubarrones no sólo cargados de la necesaria lluvia (lo siento por los que huyen en busca de la playa) sino de las peores noticias económicas. No hay manera de huir del desolador panorama que nos rodea, pero quizá sea posible afrontarlo de otro modo. Ay, ay, ay...
Que descanséis. Y no temáis ser perezosos, es una gran virtud si se disfruta bien. Ah, por si aún no lo habéis hecho, visitad la página de National Geographic, tiene unas fotos fantásticas. Qué hermoso es nuestro planeta...

domingo, 19 de febrero de 2012

TEATRO, TEATRO...


Según parece, el teatro, pese a la que está cayendo, se mantiene en niveles óptimos de afluencia de público. Es una estupenda noticia para todos, pero sobre todo para quienes acudimos a él con la esperanza de ver algo diferente a la mediocridad televisiva y cinematográfica, salvo excepciones. 
No comenté en su momento la estupenda Burundanga, una apuesta arriesgada. ¿De qué va? Es una comedia con el trasfondo de la disoución de ETA. Tema delicado. Teatro casi lleno, escenario pequeño, cinco personajes. Enredo, engaño, trampa, falsas apariencias. ¿Nos fiamos de quienes amamos? ¿Sabemos todo sobre ellos? ¿Nos dicen siempre la verdad? La fidelidad y la sinceridad puestas a prueba han dado mucho juego en la literatura y en el cine. A veces hay que recurrir al artificio para saber la verdad. Con frecuencia resulta tan dura que nos arrepentimos de haber dado el paso. ¿Es preferible la ignorancia? Quizá, según los casos. En esta ocasión el desenlace es positivo: chico de doble vida decide arriesgarse y quedarse con su novia embarazada aun a costa de pasar un tiempo en la cárcel por su pertenencia a la terrible banda armada. Una amiga hace de Pepito Grillo y obliga a la indecisa enamorada a dar el paso que la saque de dudas: unas gotas de una misteriosa sustancia y el susodicho cantará hasta La Traviata , como decían en las pelis de policías y ladrones. Dicho y hecho: se descubre el pastel y todo se complica. Gorka, el misterioso compañero de Manel, es un patoso activista que arrastra el complejo de ser despreciado por su padre e infravalorado en la banda, que le encomendaba tareas tan arriesgadas como ir a comprar pizzas. Si no fuera tan divertido resultaría patético, o, más propiamente, terrorífico. Quizá la realidad se parezca más de lo que creemos a la ficción teatral. Envuelta en un halo de vodevil, con escenas inverosímiles, diálogos disparatados, situaciones muy cómicas, los actores, todos estupendos, bien enrenados y dotados para la comedia, género difícil donde los haya, ponen en pie una ficción quizáno muy lejos de la realidad que todos llevábamos años esperando. Cuando un hecho tan serio aguanta la broma es buena señal. Las risas y los aplausos certificaron la gran acogida del público.


Ayer la opción fue bien distinta: Antes te gustaba la lluvia, en un recinto modesto y cercano. Ya conté la emoción que me produjo Por el placer de volver a verla, con los inefables Blanca Oteyza y su marido Miguel Ángel Solá. En esta ocasión él se ha pasado a la dirección y ocupa su lugar en el escenario Sergio Otegui, hijo de otro estupendo actor de los llamados secundarios de lujo. Una pareja se reencuentra tras doce años sin saber el uno del otro. Es un encuentro difícil, tenso. Qué decir, qué hacer tras tantos años... Deben decidir qué hacer con la  tumba del hijo muerto en trágicas circunstancias. Ella no olvida, no ha superado el drama a pesar del tiempo transcurrido, de los psicólogos y psiquiatras, de las pastillas, de los cambios de trabajo y de amigos. Él se marchó la tarde de Nochevieja con dos maletas, incapaz de soportar el hundimiento de su mujer en el dolor. Quiere seguir  adelante, ella revive una y otra vez todo lo relacionado con el hijo muerto. El dolor tiene un tremendo poder adictivo, no es fácil escapar de sus garras, te atrapa y no te suelta a menos que realices un esfuerzo titánico. Todos hemos experimentado el dolor alguna vez, aunque me parece inimaginable el que supone perder a un hijo, pero lo que sí sé es que es fundamental la voluntad, el deseo de superarlo, para salir de él. No olvidar, que es distinto, sino seguir viviendo con esa carga. 
Él y ella, sin nombres, se sinceran, se enojan, incluso se gritan, pero también se abrazan, se miran, recuerdan hechos pasados agradables y tristes, aún se quieren, pero no pueden superar lo que les separa. Me acordé de la maravillosa Tal como éramos, en la que un espléndido Robert Redford se mostraba rendido ante el ímpetu y el valor de Barbra Streisand. Su amor no puede superar las barreras ideológicas y deben separarse. Me gustan las historias con final feliz, pero he de reconocer que algunas de las mejores no lo tienen, no pueden tenerlo. La tragedia va unida al amor en demasiadas ocasiones.
Blanca Oteyza es una maravillosa actriz capaz de hacer contener la respiración a todo un auditorio  con la única ayuda de su expresivo rostro. En él se refleja el dolor, la soledad, la impotencia. Sola en un sobrio escenario, sostiene la función cuando es necesario. Hace falta una madera especial para aguantar ese peso bajo los focos. Es la magia del teatro, del arte sin trampas.
Me emocioné con el intenso diálogo entre estos personajes sufrientes, frágiles, tan humanos. En un momento dado se dan cuenta de lo que les pasó: perdieron al hijo, después a sí mismos y luego el uno al otro. Él se ve abrumado por emociones que escapan a su manejo, ella bucea en el dolor hasta profundidades de las que ya es casi imposible emerger. Alguien huirá hacia el futuro, alguien hacia el pasado. El sufrimiento de ayer nos quita el hoy, la posibilidad de ser felices otra vez. Él y ella son incapaces de vivir juntos tras la tragedia. Es la lucha entre el miedo y el amor, el instinto de conservación y la imposibilidad de hallar una alternativa cuando el proyecto común inicial se desmorona. Aunque no estemos programados para ser todo lo felices que pretendemos, esta vida, la nuestra, es todo lo que tenemos para intentarlo. El equilibrio entre la luz y la oscuridad es  necesario para seguir viviendo, sin instalarnos en ninguna de ellas porque son las dos caras de la misma moneda.

sábado, 31 de diciembre de 2011

AQUELLAS NAVIDADES...

Dentro de apenas cuatro horas estaremos oficialmente en 2012, que se prevé duro y difícil a tenor de la primeras medidas adoptadas por Rajoy y sus muchachos, y sólo es el principio, según Sor Aya... Pero esta noche correrá el champán, nos atragantearemos con las uvas, más de uno pillará una cogorza de garrafón, haremos el ganso, felicitaremos a todo el que se nos acerque... en fin, quién dijo crisis, al menos por unas horas. Ya llegará la realidad el día 2, y no digamos los días sucesivos...


Llevo un montón de tiempo intentando escribir aquí, pero la mudanza, la gripe, el cansancio y mil inconvenientes más han impuesto su ley. Deseaba hablar sobre las Navidades de antaño, para seguir con la idea que propuse a mis alumnos. Tenían que hablar con los mayores de su familia, especialmente los abuelos, para que les contaran cómo eran estos días hace años. Han cambiado tanto las costumbres en poco tiempo... Yo recuerdo aquellos envoltorios de chocolates Elgorriaga en los que escribíamos la carta a los Reyes Magos. Todavía no había hecho su aparición Papá Noel, las Navidades empezaban  unos días antes de la lotería, con el final del trimestre escolar, y las calles estaban iluminadas apenas veinte días, no como ahora, que pasados los Santos, o antes, ya sacan los polvorones y mazapanes del año pasado (verídico, he visto las fechas de caducidad) y empiezan  a darnos   el turre con los villancicos (cada vez con mayor presencia de los americanos, qué horror...).
Navidad significaba, en mi infancia, sacar las cajas donde estaba guardadas las figuritas del belén y las bolas del árbol, tan frágiles entonces que pocas sobrevivían de un año para otro. El espumillón perdía sus hilos dorados y plateados y fabricábamos adornos con las ideas de la revista El Mueble. Poníamos por toda la casa los christmas recibidos clavados con alfileres en tiras de colores. Mi padre montaba con nosotros un belén enorme en el vestíbulo, con corcho de verdad, el castillo de Herodes siempre en lo alto, los Reyes cada día un poco más cerca del portal...
Mi madre nos sentaba alrededor de la mesa del comedor para escribir una y otra vez los mismos buenos deseos a familiares y amigos. Compraba un montón de felicitaciones del entrañable Ferrándiz, sobre todo, de todos los tamaños: los más grandes, para los abuelos y grandes amigos, y el resto en consonancia con su importancia. Anotaba en una lista los enviados y los respondidos. Yo también lo hice durante años, aunque en lugar de mensajes comunes envío poemas (por suerte es un fondo inagotable), hasta que este invento de Internet ha hecho disminuir los sobres escritos a mano, toda una rareza en los buzones actualmente.


Cuando estábamos en el Sáhara, la casa de mis padres era el centro de reunión de muchos amigos. Todos estábamos lejos de la familia y nos juntábamos para llenar un poco aquel hueco. Éramos veintitantos en cada celebración. Mi madre ponía unas mesas enormes y una cantidad de comida inimaginable. Asaba patas de cerdo enteras, preparaba ensaladilla rusa, sopas, entremeses... Días después de acabadas las fiestas aún quedaban sobras para dos o tres familias. Supongo que de ella heredé mi tendencia a la exageración en la despensa, siempre tengo comida suficiente para soportar un asedio.
Por aquella época mi padre nos dijo que había llegado a un acuerdo con los Reyes Magos merced al cual recibiríamos nuestros regalos el día de Navidad. Siempre le pareció más razonable y lógica la tradición anglosajona para poder disfrutar más tiempo de los juguetes. Sin embargo, mantuvimos la costumbre de ir a misa el día 6 con nuestros recién estrenados muñecos o camiones.
Mi madre nos hacía ir a misa el día 25 sí o sí, sin posibilidad de discusión. Durante años me gustó ir a la Misa del Gallo, me parecía especial, diferente. Cuánto he cambiado...
Pasábamos las Navidades, ya en Madrid otra vez, yendo un día sí y otro también al centro, a comprar regalos. Con tantos de familia no acabábamos nunca, qué cruz, qué de vueltas dábamos para encontrar lo que creíamos más adecuado para cada uno. 
En aquellos días podía ir al mercado con mi madre, me encantan desde entonces esos lugares, muchos hoy desaparecidos o reconvertidos en sitios pijos y carísimos. No compro apenas productos frescos en las grandes superficies, adoro a mis tenderos de hace años, siempre atentos y pacientes conmigo. Soportan mis prisas y mi parloteo a útima hora, me ayudan con la compra, me ofrecen fruta o embutido, me regalan algo... Son un encanto.
Mantengo la costumbre de preparar cardo como hacía mi madre, rehogado con ajitos, almendras, harina y caldo. Limpiarlo es una cruz, pero el resultado merece la pena. Muchos recurren al de bote o congelado, pero no hay color. Lo mismo pasa con la borraja (se me notan las raíces navarras, ¿verdad?) y con la lombarda, bien acompañada por un buen puñado de piñones. No soy especialmente aficionada al cordero ni mucho menos al besugo, me niego a pagar los precios abusivos de estas fechas habiendo otras alternativas. Tampoco me gusta el turrón (aquellas bandejas con trocitos grasientos que duraban meses, el turrón duro que partía mi padre con el martillo, los polvorones envueltos en papel de seda...)  
He mencionado varias veces a mis padres, sobre todo a mi madre, y es que creo que las Navidades infantiles van indisolublemente unidas a su figura, a su mano asiendo firmemente la nuestra para no perdernos en el barullo de la Plaza Mayor o la cabalgata, a las tradiciones que nos transmitieron y que nosotros no debemos dejar perder, a los olores de los pucheros navideños, más hogareños que nunca, a ese niño que fuimos y que duerme dentro de nosotros junto a su recuerdo, en su regazo. Estén donde estén, están con nosotros.
Feliz Año Nuevo, a pesar de todo.